Ayer hice una publicación sobre Filipiadda que borré. Lo hice después de ser consciente de que en ella salían personas que huyen de conflictos y que son susceptibles de ser buscadas por sus gobiernos.

Ayer, por la tarde, hablé con *******. Un afgano que viaja con su mujer y sus cinco hijos (3 niñas y 2 niños) hacia Suecia. Alli les espera otro hijo, el mayor, de 15 años. Habla un perfecto inglés y tiene un smartphone de última generación. En él pudo enseñarme, con mucha crudeza, imágenes terribles de su tierra. Las imágenes correspondían a atentados, en suelo afgano, de la última semana. Vi cosas realmente espeluznantes, mientras sostenía a la pequeña de sus hijas, una encantadora y simpática niña de tres años.

Vi a un hombre abatido con las noticias que llegan de su país. Le comenté que era normal que huyera, que yo haría lo mismo. Me pregunto porqué Europa no les quiere y le hablé de nuestros gobiernos y de la poca solidaridad que demuestran. Sentí mucha vergüenza. Le prometí que lucharíamos juntos por un mundo mejor. Que no podíamos seguir mirando hacia otro lado.

Le puse una mano en el hombro y le dije que él tenía toda su familia viva. Que la pequeña sólo tenía 3 años y que con suerte, cuando ella sea mayor, no se acordará de que vivió entre bombas, muerte y destrucción. Le hablé de Suecia y de sus ventajas como sociedad, de todas las bonanzas que allí encontrará. No quise hablarle de todo lo que le espera, de los duros trámites y del precio tan alto que tendrá que pagar para comprar su seguridad y la de su familia. Era momento, o eso entendí, de hablar de esperanza.

Acabamos viendo fotos de su hijo mayor en Suecia. Un hombrecito de 15 años que montaba en longboard por las calles de una ciudad sueca. Acabamos hablando de futuro, de su trabajo, de la familia. Acabamos sonriendo y nos despedimos. La noche había entrado en Filipiadda y yo aún tenía que regresar al pueblo. Él se quedó ahí dentro, con su familia, encarcelado contra su voluntad a la espera de una resolución que llegará más tarde que pronto.