Warehouse, Adam, Naya, Slam, y un largo etc son palabras o gente que hace un mes empezaron a tener sentido para mi, y formar parte de mi vida. Hace ya unas semanas que llegué de un sitio donde las horas parecen no pasar para algunos, y sin embargo, para otros, parece que fue un pequeño suspiro dentro del ajetreo del día a día. Mientras estás en el campo, las horas parece que no pasar mientras las agujas del reloj corren en tu contra y en un momento la realidad te da un golpe, pero no para ellos. Estuve 17 días en el campo de refugiados de Filippiada. La idea era ir ayudar en lo que se podía y volver, pero la cabeza sigue por ahí.

Estos días han salido noticias relacionadas con el recuerdo del pequeño Aylan o el número de refugiados que siguen llegando a las costas europeas. Esos números para todo aquel que ha ido a un campo de sirios, afganos o kurdos, da igual, se convierten en personas, en miradas, en niños y adultos que te enseñan fotos de sus travesías mientras intentas entender cómo siguen vivos, esos números se convierten en historias. Historias que pueden tener un final feliz como la que me llegaba esta semana de un,a familia que la han llamado para la entrevista mientras que otra se ha vuelto al lugar de donde salió por no poder vivir más en esas condiciones, todo ellos con niños pequeños a cuestas. ¿Te imaginas que habrán visto esos niños?

Como mis compañeros han ido contando tienen comida, agua y abrigo, pero ¿qué pasa con el tiempo? Nadie puede estar sin hacer nada y menos gente que tenía una rutina. En el campo te encuentras con maestros, periodistas, cabreros, que tenían su vida y ahora apenas ven pasar las horas. Los adultos tienen alguna clase de inglés. Sueñan con volver a su país y seguir con su vida de antes, sueños que cada vez que cae una bomba en sus países se rompen cada vez más. Insha´ Allah en árabe significa ojalá, ojalá todo vaya como ellos quieren y puedan cumplir sus metas. Los niños se entretienen con cualquier cosa, un elástico, una pelota o haciendo un poco de ruido en las puerta del almacén .Pero niños y adolescentes necesitan también una rutina de ir al colegio o a la universidad  y que no se queden en una hora al día en medio de las otras 23, necesitan tener las mismas oportunidades que tenían antes de llegar. Aunque también, fue bonito ver como ellas se maquillaban y se ponían guapas en medio de la nada, gracias a la iniciativa de dos voluntarias.

Pero si algo me enseñó el campo es la manera de sobrevivir que tienen. Sí, toca hablar de “mi río”.  Para llegar hay que bajar por una montaña con cuerdas, pasar dos puentes y caminar unos quince minutos para llegar a mi pequeño paraíso. Dije sobrevivir por la sencilla razón de que muchos refugiados cogen los carros de bebes, y los llenan de botellas de agua para meter el carro en el río y que el agua se enfríe, yo también lo haría. Pero aparte de eso el río se convierte durante el verano en el lugar donde niños y adultos se olvidan un poco de donde viven para tirarse por la corriente o flotar con tres botellas de agua vacías atadas a la cintura. En el río bajan las madres con sus burcas, se bañan y ríen con sus hijos mientras sus maridos se tiran por la cuerda o de lo alto de un árbol al agua y por un segundo están de vacaciones. Ojalá que tengan la misma suerte en el invierno.

También algo que se ve en cada una de esas personas es la unión familiar que tienen. Lo han perdido todo, y a muchos le han matado a algún familiar. Pero tuve la oportunidad de coincidir con familias enteras, incluido abuelas, o dos jóvenes que se habían conocido en el campo y habían decidido casarse en medio de la nada. También mujeres que han decidido tener hijos y seguir creciendo en medio de la incertidumbre, o cómo mujeres con  niños pequeños sobreviven mientras su marido ha fallecido y no le queda más familia. Tuve la oportunidad de comer comida siria, afgana y compartir bailes típicos porque saben que tienen que hacer su vida “normal” si no es por ellos, por sus hijos. Tuve la mala suerte de ver la cara de familias y no entender cómo han llegado en barcas de juguete .Esta es otra de las lecciones que te da el campo.

De más de 45.000 tuve la suerte de coincidir con 450 personas que huyen de la guerra y más de 20 voluntarios de los que también aprendí muchísimo. Gracias a ellos sabemos, y hemos visto, que se pueden hacer cosas, maquillaje, mesa de pin pon, organizar un caos de almacén, una guardería, talleres o que las niñas se conviertan en pequeñas princesas por unas horas en el baby haman .Todo eso no hubiera sido posible sin personas como Gloria, Gemma o Olga que lo dieron y lo siguen dando todo, para que un grupo de personas llegara a un campo que está a 4 horas del Tesalonikki y poder intentar hacer la vida un poco más fácil a cada una de esas personas. Pero todavía queda mucho por hacer y por contar. Ojalá algún día no tengamos que hacerlo.