Tras algo más de 150-200km extras fruto de viajar por tierra de nadie (bueno, de los 1000 gatos y 500 perros callejeros) y sin GPS, a las 3 de la mañana llegábamos a la casa de Anna (nuestra anfitriona). La buena mujer además de esperarnos despierta nos había hecho galletas… la anécdota del día no fue sin embargo las vueltas que llegamos a dar con el coche sin señal alguna, sino que justo al meternos en las habitaciones, un pobre murciélago se coló en la mía!!! Aquí la veterinaria y su compañera de viaje Laura, entraron en un estado de risa floja y miedo. El buen amigo creo que nos vio tan pavas que pasados unos minutos de encierro en la habitación contigua ideando un plan para sacarle, decidió irse solito.

Ya hoy, y con poco menos de 4 horas de sueño, hemos comenzado la faena: reparto de bienes entre las tiendas del campo, actividades con los niños y niñas, una clase de yoga para las mujeres , lavar cabezas (despiojar tb), gestión de almacén…

La primera impresión es de ADMIRACIÓN en mayúsculas. Admiración a la labor de las ONGs que dan soporte y estructura a este caos, y a todas las personas que voluntariamente colaboran con lo mejor de sí mismas, con duras y largas jornadas de trabajo pero con la sonrisa permanente, para tratar de hacer la situación mas llevadera a estas personas aquí atrapadas.

Absoluta admiración a las familias sirias, afganas y kurdas que, sin tener prácticamente nada, te lo ofrecen todo (te, dulces, tabaco, conversación…). Impacta que te agradezcan de manera tan sincera que estés aquí para ayudarles… que pese a que Europa les cierre las puertas y tengan que vivir de manera obligada en un lugar que no desean y en condiciones tan precarias, siguen mostrando gratitud y hospitalidad. No llevo ni un día y ya me han invitado a cenar 2 veces. Cenas improvisadas, con 4 ingredientes básicos que les proporcionan externamente pero con mucho cariño, cocinadas en mitad del asfalto entre tiendas de campaña por la mujer de un abogado, psicólogo o jardinero que ha tenido que huir de la guerra por tratar de salvar a su familia, y que diariamente recibe mensajes de familiares muertos en un nuevo bombardeo o en el Mediterráneo. A cambio solo quieren hablar, sentirse buenos anfitriones en su casa-tienda de campaña, y disfrutar de un rato de ocio y distracción en una rutina impuesta y sin fecha de caducidad.

El punto positivo de hoy: gracias a la labor de los equipos de voluntarios y voluntarias, los más de 200 niños y niñas del campo de Filippiada sonríen, dan y reciben afecto, van a una escuela, juegan, dan el coñazo, y son algo más ajenos y ajenas a la dureza de su situación, de su realidad.