En el ala izquierda del deteriorado edificio que en su día albergó a los militares que trabajaban en esta instalación, se están intentando habilitar algunas salas, las pocas cuya estructura y condiciones así lo permiten por la seguridad de todos, para la realización de más actividades necesarias para niños y adultos.

Es en esta ubicación donde ha florecido la guardería. Un pequeño oasis que poco o nada tiene que ver con el entorno hostil que el campo de Filippiada ofrece a los niños.

Con el trabajo y la dedicación de voluntarias como Olga, Gemma, Alba, Laura, Jenny, Anna,… se están haciendo cosas inimaginables apenas unas semanas atrás. Un claro ejemplo es el acondicionamiento de una segunda sala, en ese mismo edificio, que ofrece el espacio y la intimidad necesaria para las mujeres refugiadas. A diario se realizan también sesiones de yoga en dicha habitación, y se dispone de una zona tranquila para que ellas puedan tomar un té y sentirse acompañadas.

En las salas anexas, el viento palpa con descaro el interior de cada habitación y la inmundicia ha sabido encontrar refugio en cada pequeño rincón.

Justo aquí, se está a la espera de tener aprobación para preparar el gimnasio. Mientras la burocracia y la incomprensión negocian juntas, tratamos de avanzar de alguna forma, desescombramos y limpiamos como quien saca brillo a una mota de polvo.

El ritmo de trabajo es incesante en el almacén, y ya por la tarde, la lluvia picotea el techo del edificio y fuera sacude las jaimas. Un nuevo día preñado del anterior busca agotarse. Y aquí, la necesidad obliga a afrontar el mañana con las renovadas ganas que nos permitan desherrumbrar el futuro.