El almacén bulle de actividad a todas horas. En las diferentes salas se intenta reubicar el material disponible y clasificarlo adecuadamente. Las tareas de ordenación de la ropa y zapatos requieren mucho tiempo y dedicación para poder tener lo antes posible el deseado dispensario con todas las prendas bien organizadas.

Cuando una crisis de refugiados se produce en un país que atraviesa por dificultades económicas como es Grecia, se ha de valorar muy especialmente la cooperación de las instituciones locales que también se ven afectadas por recortes en su presupuesto y poseen escasez de recursos. Tal es el caso del Hospital de Filippiada. En justa contraprestación, se propone enviar de vuelta algún material actualmente con stock suficiente, como pueden ser ropa de cama y toallas.

En el campo la actividad continúa con la realización cada mañana de diferentes talleres para los niños: manualidades, clases de inglés,… siempre tratando de mantener ocupados a los más pequeños.

En cuando a los mayores, la ubicación elegida inicialmente por los militares para la instalación de las porterías (construidas por el compañero Isaac) no resultaba la más idónea por la composición del terreno y por su inclinación. Por ello, se han movilizado y los propios refugiados las han instalado en la zona donde diariamente los adultos juegan un partido a última hora de la tarde. Un poco antes, en esa misma pista, se ha podido completar una actividad deportiva con los niños. No hubiera sido posible sin Mustafá, un joven sirio siempre dispuesto a ayudar, que nos hace de traductor.

Como cada día, salimos del campo convencidos de la necesidad de regresar, y en este impasse el grupo es invitado a compartir cena promovida por el casero Dimitri. En su casa reúne a su familia, amigos y vecinos para regalar a sus huéspedes lo mejor que el pueblo griego puede ofrecer: la serena invitación a celebrar que, por una noche, es posible dejar el presente para otro día.