Isiidre y Bernat Escorihuela
Ilustración: Kawa
Artículo original en Bon Dia

My friend, este es nuestro nombre para cualquiera de los residentes del campo de Katsikas. Niños, adolescentes, adultos … para ellos nosotros somos “su amigo”. Es fácil entender que no recuerden nuestro nombre. Aquí debemos ser unos 30 voluntarios, algunos de larga estancia y la mayoría de una a tres semanas. Algunos venimos con ONG pequeñitas y otros son independientes. Las ONG oficiales comen aparte (Acnur, Oxfam, Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras, Unicef, Cruz Roja …), algunas de las cuales con carpas instaladas en el campo pero “cerradas por vacaciones” por decirlo de una manera sencilla.

Los voluntarios independientes o de las pequeñas ONG, como las españolas olvidados, Pangea, AIRE y la británica Light House, funcionamos a partir de la reunión diaria que se hace en el meeting point del campo, a las 10.30 horas de cada uno de las mañanas de la vida del campo. Aquí se habla del funcionamiento del día anterior y se intentan arreglar los errores y distribuir las tareas diarias del campo. Todo en un tono asambleario y adjudicando hacernos los diferentes trabajos de manera voluntaria.

De tareas hay muchas y diversas, algunas de fijas a realizar cada día y otras que surgen a partir del buen funcionamiento del día a día: organizar el almacén, el Baby Food (repartir las papillas a los bebés , tienda a tienda), la distribución de la ropa en la “tienda” del almacén, repartir la cena a las más de 900 personas del campo y todo un largo etcétera. Aparte están las actividades culturales y de ocio para los niños y de las diferentes escuelas, que se autogestionan mediante maestros nativos de las mismas etnias que conviven en Katsikas.

Servir la cena ha sido una de las experiencias más impresionantes que hemos podido tener dentro del campo y me atrevería a decir de nuestras vidas. Cuatro de los doce voluntarios que formamos este servicio, debidamente organizados, ayudamos a las familias a mantener el orden y que las colas funcionen a la perfección dentro de un orden que a priori parece caótico pero que funciona a un ritmo clavado y constante. ¿Y los otros ocho voluntarios? Pues muy fácil: son los encargados, haciendo una cadena humana, rellenar, atención, medio vaso de verdura fresca con dos o tres dátiles más un huevo duro (día sí día no) y repartir un pan de tipo árabe para acompañar el comida en cada una de las personas que nos solicitan la cena, hoy en concreto 900 personas.

La cantidad de residentes varía en función de la calidad del catering de los militares, que el día de la crónica daba pena, y este es el motivo por el que la mayoría de los habitantes del campo vinieron a nuestra cena. Muy poco, pensaréis, y es cierto, pero hay que recordar que lo hacemos pequeñísimas ONG con un presupuesto más limitado, comparado con lo que deben tener los monstruos oficiales, que no vemos en este momento clave de la jornada. Una vez más un nuevo puñetazo (ya no recuerdo cuál fue el primero) a la cruda realidad de la vida de esta gente que tan sólo buscaba mejorar su dignidad como seres humanos.

Hoy a las nueve de la mañana, como cada lunes, miércoles y viernes, un refugiado, ex, de la ciudad de Damasco nos da 45 minutos de clase de árabe para facilitar la vida de todos en el campo. Esto es sencillamente cooperación y socializar, una cuestión de convivencia. Que fácil resulta la convivencia entre norte y sur. En nuestro profe / periodista le diremos Hamed (nombre no oficial). Este periodista escribía sus crónicas antirégimen de Al Asad, en las redes sociales, hasta el día que el dictador decidió que era el momento de tapar la boca haciéndole pasar un periplo por diferentes cárceles del país. Ahora tres días aislado, ahora compartiendo una miserable celda con siete prisioneros más, en las más indignas condiciones humanas, de tal manera que no se podían ni estirar en el suelo para dormir. Así durante un año, hasta que pudieron sobornar el sistema penitenciario y liberarse de esta vulneración de los derechos más elementales de cualquier ser humano. Huyó de esta Siria sin piedad e inició toda la ruta de la muerte (como la llaman los mismos refugiados) para poder llegar a nuestra querida Unión Europa. Recuerde, premio Nobel de la Paz, ¿verdad?

Mañana nos vamos a llevar campo de Filippiades. Decimos adiós con el corazón encogido a los más de 900 valientes que decidieron jugarse la vida en espera de encontrar un futuro lleno de esperanza dentro de esta falsa Europa. Permítasenos, hoy, ser más extensos. Nuestro despedida del campo ha sido visitar la tienda del artista kurdosirià Kawa. Él y su familia (mujer e hijos) decidieron realizar todo el periplo hasta llegar a Grecia. Viendo sus dibujos, creo que no hacen falta más explicaciones. Tan sólo un apunte: el Gobierno turco los retuvo (a él y a 2.000 refugiados más) durante quince días en una cancha de baloncesto. ¿Son necesarios más comentarios?