Isidre y Bernat Escorihuela
Artículo original en BonDia

Nos disculparéis, os hacemos llegar nuestra segunda crónica refugiada con retraso. Finalmente estamos en el campo de Katsikas, en el noroeste de Grecia.

Estamos en el día que empieza el verano, 21 de junio, al mediodía. Tan sólo 45 grados al sol nos recuerdan que la canícula está como pez en el agua y nos quema mucho, nosotros y los refugiados, que intentan refugiarse de todo, incluso del sol que nos da la vida. Escondidos dentro de sus tiendas esperan pacientemente que el sol se esconda para comenzar a activarse.

Como normalmente se dice, los niños son niños en todo y los de aquí no son una excepción; juegan y corren bajo el sol, se refrescan gracias a dos de los grifos de agua potable que hay en el duro campo de Katsikas y de paso rocían los calurosos soldados que vigilan la entrada del campo y que, todo hay que decirlo , se dejan hacer riendo con los niños.

El campo está dividido por nacionalidades: sirios, afganos, iraquíes, kurdos. Todos ellos conviven en el mismo espacio, pero fronteras imaginarias los separan. Cada una de las diferentes nacionalidades tiene sus propios portavoces, que en caso de malentendidos son el enlace con los voluntarios.

Por la mañana los niños tienen cole. Bajo unas haimas que huelen de escuela, pro nativos se esfuerzan en hacer entender que, a pesar de la lejanía de su casa, es necesario que aprendan números y de letra, como dirían nuestros abuelos. Pero, como ya hemos dicho, los niños es canalla, gritan, ríen, se distraen, y de vez en cuando alguna de las piedras de grava que los militares pusieron para evitar el barrizal en tardes lluviosas sale volando hacia una dirección indeterminada. Canalla !!

Son las 16 horas, hora griega, y el almacén comienza la actividad: madres con niños y bebés en brazos llaman y reclaman ropa, zapatos, útiles de limpieza …, las necesidades básicas que cualquiera de nosotros, y de ellas en unos días lejanos, tenemos cubiertas sin ni pensarlo.

Aquí la vida no es fácil. Hay dramas personales a raudales; de hecho todo es un drama personal. Nos dicen, voluntarios de larga estancia, que la mayoría de las familias están desestructuradas por cualquiera de las guerras que los han hecho huir de su casa. Una chica joven, de poco más de 25 años, llora desconsolada a la entrada de su tienda. La escena, sin duda, te pasaría desapercibida si no te explicas que su pequeño de 2 años no ha hecho la peligrosa travesía marítima que a ella le ha llevado a Grecia y en él a quedarse en la más que peligrosa Siria . Aquí las cosas funcionan de manera diferente.

Los refugiados, como nosotros, entran y salen tranquilamente del campo. De momento la circulación es libre y pueden hacer su vida con una relativa libertad, relativa porque, al fin y al cabo, ¿dónde deben ir?
Como se dice aquí, en cualquiera de los idiomas de los voluntarios -catalán, español, francés, inglés …-, “El pueblo salvará al pueblo”.