Isidre y Bernat Escorihuela
Artículo original en Bon Dia

Un día más vuelvo a ponerme a escribir una crónica refugiada. La de hoy es quizá la que me cuesta más de ordenar mentalmente, no por la dificultad propia del hecho de la escritura (que también existe), sino porque tengo y tenemos el corazón en la cabeza. Las emociones me hierven. Hemos pasado dos días terriblemente intensos y llenos de emociones, aquí, en Filippiadas. Hemos vivido cosas que como cooperantes y especialmente como personas dudo que llegamos a olvidar nunca más en la vida. Sinceramente, cuesta tener la cabeza fría cuando tienes el corazón caliente.

Sábado, a media tarde, los militares querían demostrarnos quién manda en el campo (es una táctica habitual suya con los cooperantes) y decidieron llegarse al almacén donde estábamos trabajando, que es propiedad del ejército, como todo el campo y hacernos fuera y cerrarlo. ¿El motivo? Nos culpaban de haberlos robado ropa, aplicando la teoría de que el propietario del contenedor es el propietario del contenido. Nos dijeron que habíamos trasladado unas bolsas de tela del almacén del campo a un almacén B. Pero, estad atentos! La ropa supuestamente robada viene de las donaciones solidarias mundiales y en algún momento los mismos cooperantes la entramos primero en el campo y después en el almacén. Por la misma logística de funcionamiento nuestro, la trasladamos al almacén B para poder organizar bien, en bolsas, y entregarla a los refugiados. Ok, no problem my friend, nos vamos. Nosotros no podemos ni queremos oponer resistencia, por el bien de los refugiados principalmente.

La noticia corrió como la pólvora entre la comunidad. Los niños, cuando quieren, son terriblemente rápidos y efectivos y nuestros pequeños son muy espabilados; distribuyeron la noticia tan rápido como las aguas del río que atraviesa el campo. ¿Lo recordáis ?, el río que les da vida y alegría en este almacén de personas que es Filippiadas.

El hecho es que los refugiados se rebotaron pacíficamente contra esta decisión marcial e impidieron que fuéramos. Primero dándose las manos y haciendo una cadena humana para que no nos pudiéramos mover, gritando y pidiéndonos “please, please, no os vayáis, nosotros le ayudaremos”. Seguidamente nos bloquearon los coches y finalmente nos acompañaron en una más que pacífica manifestación hasta la puerta del campo, donde el alto mando no entendía nada de lo que veía (debía olvidar que muchos de ellos fueron partícipes de las manifestaciones de la primavera árabe en Siria y que ahora se añadían a sus hijos).

Llegados a este punto, los representantes de la comunidad de los refugiados y nuestros propios mantuvieron una reunión en la puerta de entrada y la presión refugiada fue tal que no les quedó más remedio que acceder a no hacernos fuera. La alegría ya os la podéis imaginar. La unión del pueblo hace la fuerza, y es necesario que no nos olvidemos nunca. Fue una gran victoria, llena de solidaridad devuelta a los voluntarios y todos los que les ayudéis desde la distancia. La intensidad del momento fue tan mágica como la vida misma.

Vivir aquí es como ir paseando por los dientes de una sierra. Tanto en la cima de todo como volvemos a bajar a una velocidad desorbitada, y las remontadas son duras, sobre todo cuando te despides de familias que, cansadas de esperar, deciden, con la complicidad de la noche y de las mafias, atravesar la frontera e ir en dirección al norte, en busca de la Europa libre. La mayoría de ellos acaban deportados a Turquía, tal como la UE y el Estado turco pactaron (dinerito a cambio de personas), y se cierra de esta forma la posibilidad de que consigan el estatus de refugiados de guerra, que de momento no tienen. Deseamos de todo corazón que la familia (padre, madre y tres hijos) de valientes que hoy nos han dicho adiós logren el sueño y el derecho de vivir en paz.