Isidre y Bernat Escorihuela
Artículo original en Bon Dia

Cuando llegamos a los campos no nos podíamos imaginar lo que nos podríamos encontrar. Nos puede decir inocentes y quizás tiene razón, es cierto, pero la realidad vivida ha superado toda la información que habíamos recogido, sobre todo a través de los canales independientes. Ya se sabe que la prensa más oficialista, normalmente, decide cómo y cuando las noticias son actualidad, y desgraciadamente esta crisis humanitaria ya hace días que ha dejado de serlo.

Grecia se ha convertido en una enorme coctelera de dramas y penurias humanas. Aquí te enteras de las historias más crudas que puedas imaginar, todo el mundo te podría contar alguna con más o menos dureza. No se trata de hacer un inventario de las miserias humanas, todo lo contrario, hay que dignificar la vida de una gente que ha huido de su casa por unas guerras crueles o por las acciones sin sentido de Estado Islámico. Hay que recordar que se han jugado la vida buscando una mejor, llena de alegría, de esperanza y sobre todo de PAU cruzando territorios peligrosos. Constantemente me pregunto, como un mantra: ¿cualquiera de nosotros no haría lo mismo?

En la mayoría de los casos los organismos internacionales pondrían el grito en el cielo por los campos en los que los tenemos recluidos en el caso de que no fueran dentro de nuestro territorio.

A Filippiadas y Katsikas hemos podido comprobar in situ la efectividad de diferentes ONG y la inefectividad de unas cuantas más. Hemos compartido horas y más horas con gente anónima e independiente venida de todo el mundo, para intentar hacer la vida un poco más fácil a estos miles de valientes (actualmente superan los 50.000) que han perpetrado, según los políticos europeos e internacionales, el grave delito de huir del miedo y de la muerte.

No puedo, no quiero, ocultar que el día del despido fue duro, doloroso y emotivo. Sólo de pensarlo me vienen recuerdos que quedan en los cajones personales de mi memoria.

La cena del Ramadán a la tienda de nuestro amigo Samer, de 22 años y estudiante de odontología, hijo del pueblo de Herat (Afganistán), es un claro ejemplo. Su madre, maestra de profesión, nos ofreció lo mejor que tenían en “casa”. Una cena íntima a la luz de las linternas, acompañados por su padre y hermanos. A medio cena unos cánticos llenos de alegría nos hicieron saber que, tres tiendas más allá, una pareja de novios sirios celebraban con alegría que hace apenas un mes que se habían casado en el campo de refugiados de Filippadas, aquí en Grecia.

En este campo, más de 30 mujeres embarazadas esperan con ilusión la llegada de sus hijos, que se convertirán en niños apátridas. Son algunos de los cientos de recuerdos que nos llevamos de nuestra estancia en los campos de refugiados de las guerras de Oriente Medio. La lista de buena gente que tiene la vida retenida en Grecia es infinita. ¿Qué esperamos para darles paso?

Esta indecencia me ha ratificado que actualmente creer en la clase política nacional y la internacional me resulta como mínimo complejo, difícil y estéril. La desafección hacia los políticos de todos los colores posibles ya es un hecho.

Nos vamos, sí, nos vamos de Grecia entre llantos y dolores. Pero con la alegría y la esperanza de que nuestra sociedad aún está llena de buena gente anónima. Gente que luchan por hacer de nuestro mundo un lugar más agradable y para que las igualdades entre norte y sur dejen de estar estigmatizadas y manipuladas por una clase política que ya no me representa.

Quisiera dar las gracias más sinceras al diario BonDia por ayudarme a hacer eco de este drama humanitario que nos afecta a cada uno de nosotros. Gracias por creer en estas crónicas, que sin ninguna pretensión han querido hacerle llegar lo que hemos visto y vivido durante diez duros y maravillosos días en los campos de refugiados de Katsikas y Filippiadas, en el noroeste de Grecia.