Ana
Días 1 y 2 en el campo de las hadas.
La primera mañana nos la tomamos de descanso, porque después de tantas horas de viaje y teniendo que coger fuerzas para afrontar 3 semanas de duro trabajo, nos recomendaron levantarnos sin despertador. Aprovechamos la mañana para hacer la compra y organizarnos. Comimos con los voluntarios y a la tarde fuimos al campo.
Cuando llegas a la puerta, es cuando eres consciente de que todo comienza. Te da un vuelco el estómago y se te forma un nudo en la garganta. Vienes creyendo que estas preparado para entrar con una sonrisa, pero la primera vez cuesta. Eso sí, a 20 metros de la entrada, cuando otra voluntaria estaba enseñándonos el campo, se nos acercó un niño y se abrazó a una compañera del grupo que acababa de llegar igual que yo. Sólo nos decía “Thanks, I love you”. Ahí te baja alguna que otra lágrima pero te sale una sonrisa enorme. Es asombrosa la gratitud de todas estas personas sin conocerte de nada y viéndote por primera vez en su vida.
Hay escuela, un lugar para las mujeres embarazadas y lactantes, almacén, zona de baños (de los portátiles de feria), y las tiendas de las familias. Durante el paseo, se ve gratitud en todas las miradas. Un señor está cantando por fuera de su tienda. Muy amablemente nos invita a sentarnos a todos en un bloque de construcción cada uno que hace las veces de silla. Su hija se levanta para cedernos el asiento.
No tienen nada, pero te lo dan todo.
Hablamos con la coordinadora y nos comenta las necesidades que tienen en el campo para ver qué podemos aportar.
Por último vamos al almacén. Han llegado termos y polos flash. Dentro de cada uno metemos distinto número de polos y los clasificamos. Se reparten acorde al número de miembros de cada casa. El calor es asfixiante. Seguro que les sientan genial. Volvemos a casa, y después de más bien pocas horas de sueño, amanecemos en nuestro segundo día en Grecia.
Vamos a un hotel para asistir a una reunión donde se reparten las tareas para todo el día. Al ser los nuevos, no saben bien donde ubicarnos. A primera hora, raspo y lijo las paredes de un edificio que hay que rehabilitar para que se pueda hacer una zona de mujeres y otra de niños. Volvemos a reunirnos los 7 de nuestro grupo con la coordinadora a solas para exponerle todos los proyectos que tenemos en mente. Todos le parecen bien. Pero aquí hay que contar siempre con la autorización de los militares, así que se reúnen con el militar jefe para plantearle los posibles proyectos. Acepta en gran parte. Es una alegría saberlo. Tenía fama de ser muy recto, pero a pesar de refunfuñar un poco, acepta.
Nos vamos al lugar de las mujeres embarazadas y lactantes. Una está aprendiendo a tejer y, a pesar de no entendernos en absoluto verbalmente, mediante gestos consigo que aprenda a hacerlo. Hay una peque que es un amor y con unas marionetas de guante conseguimos que se lo pase pipa.
A mediodía decidimos ir al apartamento a comer y descansar un poco. El calor es asfixiante. Nos viene bien el descanso y la desconexión, ya que la mañana ha sido intensa.
Cuando llegamos por la tarde al campo tenemos problemas para entrar. Nos piden una tarjeta que da el ayuntamiento a los voluntarios, y que nadie tiene porque el ayuntamiento nos remite a los militares. La pescadilla que se muerde la cola. Finamente hacen razonar al militar de la garita de la entrada y permiten el paso de nuevo. La tarde la pasamos en el almacén organizando juguetes y material escolar. Hay muchas cosas por colocar y es un trabajo muy cansado. No hay ventanas ni posibilidad de hacerlas, puesto que anteriormente era un búnker. El calor allí dentro es asfixiante. Cada media hora salimos a tomar el aire un poco y a refrescarnos. No sé a cuantos grados estaríamos dentro, pero la cara y los brazos los teníamos empapados de sudor y nos caían goterones… Lo hemos organizado 3 personas y otra que vino al final para ayudarnos otro poquito. Mañana lo acabamos.
Acabamos la jornada y volvemos a casa. Mañana más y, seguro que mejor.